De Quijotes y Sanchos – XIX Certamen Literario de Relatos Cortos Café Compás de Valladolid

START

0km/h – 3,4km/h – 6,5km/h

Enciendo y pongo en marcha la cinta. Enfrente tengo un ventanal desde el que se ven todos los exteriores del club: piscinas, pistas de pádel, merendero, árboles. Sobre todo árboles que, por el trastorno temporal/estacional, aun conservan restos de hojas muertas a la vez que empiezan a brotar las nuevas. Es febrero, y aunque parezca septiembre, las ramas que aun no han sido podadas perderán sus nuevos retoños, no porque no los quieran, sino porque se han adelantado al nacer.

– A ver si hoy paso de las 300 calorías aguantando la velocidad.

Giro la cabeza y miro mi alrededor. Hoy parece que el gimnasio está lleno. Y las máquinas ya están ocupadas por los de siempre.

– Con suerte, cuando termine aquí ya se habrán ido unos cuantos y podré usarlas yo.

7,3km/h – 8,7km/h – 10,1km/h

– Menos mal que tengo abierta la ventana, que si no me asfixio con el calor, ¡que ya estoy como un pollo y acabo de empezar! Que incómodo es hacer ejercicio con la camiseta empapada, encima que la gente me mirará y pensará, ¡joder lo que suda!

– Estás en un gimnasio, ¡todos sudáis! Así que deja de rallarte la cabeza que nadie te mira, porque tu camiseta está como la de los demás. Y el que no la tenga mojada es que no está haciendo nada.

– Con esto se nota que tengo mucha grasa que quemar… Pero las Rebuenas están tan buenas, si por algo se llaman así… Qué pena de adicción. Así como quiero bajar kilos, por mucho que corra, si no dosifico no voy a parecerme nunca a estos locos de las máquinas.

– Aunque tampoco aspiro a eso. Quiero sentirme bien, sano, contento conmigo mismo. No me apetece dedicar más tiempo del necesario a endurecer la carcasa, tengo más cosas que hacer. Un audiolibro no estaría mal, aunque escuchar música también es otra opción. Así mato dos pájaros de un tiro. Pero disponer de estos momentos de comedura de tarro también me gusta. Si no los tengo mientras corro que no hay otra cosa mejor que hacer, ¿cuándo? Corre, corre, ¡qué hay que bajar el desayuno!

Vuelvo a perder la mirada entre las ramas semidesnudas de los árboles. Una marica acaba de bajar al suelo a coger algo. No sé que habrá encontrado en mitad del césped, me gustaría saberlo. La máquina de la derecha se pone en marcha. Miro de reojo quien fue el que la encendió, pero el disimulo no me deja identificarlo. Solo sé que es uno de los asiduos al gimnasio y que desde el principio se pone a mi ritmo.

– ¡Ala! Sin calentar ni nada. Bueno, bueno, él sabrá.

Nuestros pasos van casi acompasados. Irían de no ser porque no llevamos exactamente la misma velocidad, y seguramente que su zancada sea más grande que la mía. Inconscientemente intento acompasar mis pasos al ritmo que marcan los suyos, una estupidez, ya que no he cambiado la velocidad. El embrujo de su ritmo desaparece cuando acelera y sus pasos son más rápidos.

– Ahora sí puedo volver a concentrarme en mi, que tan rápido no puedo ir. A lo mejor si la subo un poco… Mejor no, que se va a dar cuenta de que lo hice por él y no tengo la capacidad de seguirlo. Aunque seguro que tampoco estará mucho tiempo. Y no sudará tanto como yo, ¡si es que parezco una fuente! Cuando llegará el día en que me quede seco…

– Pues corre más, así soltaré todo antes, ¿no? Luego me cambio de camiseta y como si no hubiera pasado nada.

– Vale. Voy a mirar a ver quién es. ─Miro─ ¡Ah, es él! Bua que vergüenza tener a este chico al lado, si parecemos Swarzeneger y De Vito en Los gemelos golpean dos veces. Que fortuna la genética, unos tanto y otros tan poco. Aunque me tirase aquí las mismas horas haciendo pesas, no llegaría a estar la mitad de bueno que él, y él, haciendo la mitad de lo que hago yo, estaría igual. Y seguro que es de los que frecuentan el McDonald y sitios de esos.

– ¿Pero ya te has olvidado de lo que pasa después? Ya sabes que unas cosas vienen y van, y otras perduran. O es que te has olvidado de cómo han crecido los guaperas del instituto… La mayoría están sin pelo y con barrigón, que aparentan 10 años más de los que tienen. Tú al menos tienes la opción de quitarte o ponerte kilos, ¡ellos no pueden quitarse o ponerse pelo en la cabeza! ¿Y aquel chico escuálido con el que jugabas al fútbol de pequeño? ¿Recuerdas lo fuerte que se puso cuando empezó a muscularse? ¡Si parecía un dos por uno! Ahora que parece que se ha relajado, en vez de volver al estado inicial de delgadez, ahora está como un borrego…

– Ya, pero al menos una vez estuvieron bien alguna vez, y eso puede durar mucho tiempo.

– Bueno. Míralo desde otra perspectiva. ¿Qué conversaciones suelen tener estos que no salen de aquí? Fútbol, coches y chicas. Un poco básico ¿no crees? ¿Tienes los mismos intereses que ellos? Porque si es así, no se a que esperas para hacerte su colega, aunque sabes que no. Ni te gusta el fútbol, ni te gustan los coches, y ni miras a las chicas como trozos de carne a las que meter en la cama. Si ya lo dice el refranero, “Dios los cría, y ellos se juntan”. ¿Te gustaría tener sus abdominales? Obviamente. ¿Te gustaría convertirte en uno de ellos? Pues a veces, todo parece más fácil.

– Lucha por ello.

– Pereza, ya sabes, la genética.

Su cinta parece que se para. Ha terminado. Su grupo de amigos está recogiendo sus mochilas y ya salen del gimnasio. Respiro más tranquilo sabiendo que me quedo solo con mis sudores y devaneos.

– Hay que sacarse de la cabeza los estereotipos que marcan las modas y la televisión. Ni HMYV ni Sheldon Cooper. Me gustaría ser igual que un superhéroe, aunque ellos también sean imperfectos, “antihéroes”. Una mezcla en el punto de equilibrio.

9,4km/h – 7,6km/h – 6,5km/h

Desciendo poco a poco la velocidad y puedo volver a respirar a un ritmo pausado. Mi frecuencia cardíaca empieza a restablecerse aunque sigo sudando como un pollo. Siento recorrer el aire fresco que entra desde la ventana por mi rostro y oigo la música que hasta ahora ignoraba en los altavoces. Observo mi alrededor y veo que solo quedan cuatro personas haciendo ejercicio, todas ellas sumergidas en sus pensamientos. Una está con auriculares, supongo que estará con su música; otra con el móvil, imposible de desenganchar; un hombre de mediana edad mira absorto hacia la piscina y el último con las mancuernas mirando cómo trabajan los músculos de sus brazos frente al espejo.

– Tengo todo el gimnasio para mi, vamos a aprovecharlo.

5,3km/h – 3,9km/h – 2,1km/h – 0km/h

STOP

Desde niños nos enseñan que tenemos que ir bien vestidos, peinados y perfumados. La importancia de la imagen es directamente proporcional a la fortaleza de la personalidad. Y esto lo reforzamos dentro de los grupos sociales. Y por ende, la sociedad se encarga de que no olvidemos lo aprendido. Llega un momento en toda persona que tiene que decidir si plantarse o avanzar. Las hay que sueñan con ser más fuertes, más libres, y otras que solo necesitan sentirse aceptadas, sacrificando así su propia personalidad. Bueno, es su elección. Pero está condicionada. Tal vez, gracias a nuestra educación basada en la apariencia, estamos perdiendo grandes genios que no desarrollan otros aspectos de su personalidad más importantes por no darles la importancia que merecen. Tal vez no desarrollemos nuestra personalidad por falta de motivación; tal vez nuestros modelos a seguir para convertirnos en héroes no sean medidas corporales sino intelectuales. Bueno, no siempre se puede elegir. Al fin y al cabo, vivimos en la “sociedad de la imagen”, donde es más fácil sentenciar a través de una fotografía que de una conversación de diez minutos.

Raúl


Relato presentado en el XIX Certamen Literario de Relatos Cortos Café Compás de Valladolid.

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